Artículo publicado en El Nuevo Día
En los últimos días, el presidente Donald Trump ha expresado su interés en convertir a la nación soberana de Venezuela en el estado 51 de su nación.
Se estima que el país suramericano liberado por Simón Bolívar en 1819 posee las reservas de petróleo más grandes del mundo con unos 303,000 millones de barriles y un valor estimado de entre $15-18 billones (trillions).
Los últimos estados que se unieron a Estados Unidos en 1959 fueron los territorios incorporados de Alaska, como resultado del descubrimiento de petróleo en sus tierras, y Hawái, para balancear la representación partidista en el Senado.
Hace unos meses Trump acusaba a Venezuela de ser un narcopaís, atacaba la dictadura, reconocía públicamente a la oposición, imponía un embargo y aniquilaba las embarcaciones que salían de la República Bolivariana.
Luego de un operativo orquestado con la colaboración del Gobierno venezolano, raptaron al presidente Nicolás Maduro y pactaron con su Gobierno una nueva gobernanza. En el olvido quedaron los señalamientos de narcopaís y dictadura y la supuesta alianza con la oposición política que reclamaban una democracia.
Para Trump, los ingresos del petróleo son la motivación y la justificación para controlar el país.
Para otros miembros de su Gobierno, como el cubanoamericano secretario de Estado, Marco Rubio, la motivación es eliminar la exportación de petróleo venezolano a Cuba y así estrangular la economía cubana.
La estadidad de Venezuela expandiría su territorio y aumentaría la población del nuevo Estados Unidos en un 9%. Más importante aún, dispondría de la principal reserva de petróleo mundial, gas, minerales y tierra agrícola.
Presumiendo que el pueblo venezolano la respalde, para Trump lograr la estadidad de Venezuela necesitaría la aprobación del Congreso, lo que supondría una hazaña quijotesca. El nuevo estado contaría con una delegación de 2 senadores y más de 30 congresistas hispanoparlantes.
Existe un precedente en 1870 cuando el general y héroe de la Guerra Civil, el presidente Ulysses S. Grant, propuso al Congreso la anexión de Santo Domingo solicitada en un referéndum por la mayoría del pueblo dominicano. La propuesta fue rechazada por el Senado.
Hace unos meses Trump planteó su apoyo a que Canadá y Groenlandia se convirtieran en el estado 51.
En el caso de Canadá, el territorio de Estados Unidos se duplicaría a un total de 19.81 millones de km2 (EE.UU., 9.83 mm km2 y Canadá, 9.98 mm km2). El GDP aumentaría un 8%, y la población, un 12%,
Canadá contribuiría con petróleo, gas, bosques, agua, recursos y acceso estratégico en el Ártico.
Los canadienses no han demostrado interés alguno en anexar a su país, décimo en el mundo en GDP. El Congreso tendría que aprobar su incorporación con una delegación de 2 senadores y más de 50 congresistas.
Groenlandia aumentaría el territorio de Estados Unidos un 22%. Con escasa población y economía, su contribución importante sería su posición dominante en el Ártico, el control de rutas claves en el Atlántico Norte y los minerales de tierras raras.
En la eventualidad de que la mayoría de los 56,000 habitantes de Groenlandia peticionaran la estadidad, el Congreso tendría que aprobarla e incorporar su delegación de dos senadores y un congresista (no angloparlantes).
Es altamente improbable que en los 32 meses que restan del mandato de Donald Trump, con un Congreso disfuncional, Venezuela, Canadá o Groenlandia puedan convertirse en el estado 51 de su nación.
Trump todavía no se ha expresado sobre el comentario del líder del exilio cubano en Miami, Jorge Mas, que no descarta a Cuba como estado 51.
En 1959, luego de la incorporación de los nuevos estados 49 (Alaska) y 50 (Hawái), el Partido Estadista Republicano de Miguel A. García Méndez y Luis A. Ferré asumieron la consigna de convertir el territorio no incorporado de Puerto Rico en el estado 51.
Esa consigna fue asumida por el Partido Nuevo Progresista desde su fundación en 1968.
Es vergonzoso que luego de plebiscitos locales para endosar la estadidad y teniendo la Isla una gobernadora y líderes legislativos estadistas solidarios con Donald Trump, el presidente haya discutido opciones de países independientes o la colonia de un aliado para convertirse en el estado 51, ignorando y humillando a sus serviles estadistas locales, ciudadanos estadounidenses.
Peor aún, Trump se ha opuesto públicamente a que Puerto Rico se convierta en el estado 51 enfatizando que le haría daño a Estados Unidos.
Un liderato político comprometido con la estadidad que continúa respaldando a Donald Trump es un liderato que no se respeta a sí mismo.
Esto es resultado de una baja autoestima, una renuncia de valores, agendas personales ajenas al electorado estadista o un oportunismo económico cortoplacista.
Un líder “bully” como Trump no respeta a los serviles que se doblegan. Respeta a líderes como Xi Jinping (China), Vladimir Putin (Rusia), Ursula von der Leyen (UE), Claudia Sheinbaum (Mexico), Lula da Silva (Brasil) y Zohran Mandami (New York City).